No hay mal que dure 100 años ni tonto que lo aguante. Lo mismo podríamos decir de las cosas buenas: inevitablemente llegan a su final. Y a su final han llegado mis vacaciones, con sus momentos de emoción, de relax total y de olvidarse que para poner pan en la mesa hay que levantarse temprano.

Mañana regreso a la oficina llena de energía y con las pilas bien cargadas, pero también con una cantidad de trabajo acumulada abrumadora. Mi intención de hoy es sentarme con lápiz y papel a hacer una lista de las cosas que son urgentes y otra lista de las cosas que son importantes. Aunque estoy segura que mañana, en cuanto me siente en el escritorio y empiece a revisar los cientos de mails que tengo acumulados y las pilas de papeles que atiborran mi escritorio, las listas se irán por el garete, y empezaré apagando fuegos, como todos los incautos que regresan al trabajo después de un largo periodo de vacaciones.

Igualmente el ejercicio de las listas es interesante, ya que seguramente mañana me daré cuenta de todo lo que se me ha olvidado en tan solo tres semanas.

Deseadme suerte.

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